“Tierra” la obra de Totila Albert.

EL SUBCONSCIENTE TRABAJA POR MI

Bizarre, Totila Albert (El Mercurio, Santiago, 10/12/1923)

He hablado mucho con Totila . Una mañana, en medio de sus obras, en el pequeño taller que le ha arreglado Ismael Valdés Alfonso; y una noche entre mis libros, y en seguida deambulando por esas calles tétricas y oscuras de Santiago, hasta cerca del amanecer.

Nunca me había sentido más interesado. Los silencios de la conversación sugerente y sencilla los aprovechaba con gusto para gozar lo recién dicho.

Ante todo, Totila es un artista. Un artista bajo cuanto aspecto pueda considerársele, a excepción del aparentar ser artista. Le escucharían con agrado un niño y un letrado.

Lentamente las teorías que parecen absurdas, van aclarándose y brillando en la simplicidad de su decir.

Sus obras difíciles de explicar, representan tan bien su voluntad y su estética, que uno se avergüenza de no haberlas comprendido antes.

Recuerdo que le pregunté cuál era en realidad su patria, ya que sus padres eran alemanes y que en Alemania había adquirido sus conocimientos de arte.

-Chile- me dice sonriente, y se queda un largo rato mirándome. El hombre tiene dos edades: la de absorción, que dura hasta los veinte años más o menos, es decir, cuando las impresiones casi imperceptibles que se van recogiendo en el espíritu, forman la personalidad que se ha de dar a conocer ulteriormente, en la segunda etapa, que está destinada a dar salida a esas impresiones entonces absorbidas. ¿Cree usted que sin estas cordilleras macizas y quebradas, que sin esta naturaleza ruda y hermosa mi obra sería lo que es? Aún más y para ser más preciso voy a referirle un hecho. Hace muchos años estaba yo en Chile y viajaba con mi buen padre, que tanto ha hecho por los árboles en este país, por las reservas forestales de Malleco. El bosque nos encerraba y nos apretaba. En un momento me fijé en una serie de palotes confundidos y aglomerados que estaban en el suelo. Era el verano y la época del amor. Sentí una enorme exaltación ante esa manifestación de vida en medio de esa gran soledad. Recogí muchas parejas y después, ya en mi casa, las puse bajo un vidrio, y las examiné durante largas horas.
Seis años pasaron. Estaba en Alemania. Una noche conversábamos en mi taller con Isaías Cabezón y Manuel Bianchi: era tarde y mis compañeros, somnolientos, apenas hablaban. Cerca de la una se fueron a acostar. Yo sentía una inquietud, una especie de sobresalto. Me fui a mi habitación y cuando estuve ya en cama me di cuenta que no tenía sueño y sin saber por qué bajé al taller. Allí tomé la arcilla y durante varias horas, amasé, pulí y cree formas en una especie de sonambulismo. Cuando hube terminado, cubrí lo realizado y me fui a mi dormitorio. Estaba perfectamente tranquilo ahora, y en cuanto puse la cabeza en la almohada me quedé dormido.

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